La activista trans que sepulta a sus amigas olvidadas: “Los primeros cuerpos los velaba yo sola, solita”

EL PAÍS

DANIEL ALONSO VIÑA

México – Muerte, muerte y más muerte. La primera vez que Kenya Cuevas, la activista trans más conocida de México, miró a la muerte a los ojos fue a los nueve años, cuando se escapó de casa y empezó a prostituirse en las calles de la capital. La segunda fue cuando la enviaron a la sección de personas con VIH de la cárcel de Santa Marta, al norte de Ciudad de México, y empezó a acompañar a sus compañeras en su último suspiro. Las enfermeras no se atrevían a tocarlas. Ella se sentaba a su lado y les decía: “Todo va a salir bien, ya vas a poder irte a descansar”. Así lo hizo con hasta 200 mujeres. La tercera vez fue con la muerte de su compañera Paola Buenrostro, que recibió un disparo del hombre que la recogió en la esquina en la que las dos ejercían la prostitución.

Paola murió en los brazos de Kenya, y ella, “del puro enojo”, comenzó un activismo que ha terminado acaparando su vida y que se ha convertido en una lanza de tres puntas: cortó carreteras para que encarcelaran al presunto asesino, creó la primera casa para que las mujeres trans pudieran salir de la calle y educarse (ahora tiene tres en distintos Estados). Y una tercera actividad, mucho más silenciosa y solitaria: Kenya comenzó a rescatar cuerpos de compañeras muertas y enterrarlos dignamente. Ya lleva 60. Al principio lo hacía sola, “solita”, sin apenas recursos y pidiendo a los sepultureros que por favor le cavaran gratis el hoyo. Ahora está construyendo el primer mausoleo para mujeres trans de México.

“Y del mundo”, se aventura Kenya desde el cementerio de San Lorenzo Tezonco, en la Alcaldía Iztapalapa, Ciudad de México. Ha venido hasta aquí el primer jueves de junio para revisar el trabajo de los obreros y de la alcaldía que está financiando el proyecto. Viste unos pantalones vaqueros ajustados, una camiseta blanca con escote, y un montón de collares y anillos. Hace dos semanas hubo un gran acto para dar comienzo la construcción. Kenya puso el primer ladrillo del mausoleo en compañía de Clara Brugada, la alcaldesa, y Ernestina Godoy, la titular de la Fiscalía de la capital, que dieron discursos en apoyo a una comunidad que ha sido ignorada, o directamente criminalizada y marginada durante décadas por las autoridades.

Después de revisar los trabajos en la obra, Kenya y las tres amigas que la acompañan se acercan a ver a Paola Buenrostro, que está enterrada a unos cientos de metros del mausoleo. Allí se sientan a fumar y platicar sobre sus nuevos proyectos, el mucho trabajo que le dan las organizaciones que lideran o la dificultad para conseguir financiación. Si la conversación se pone demasiado seria o aburrida, alguna de ellas siempre tiene un chiste o una broma macabra en la punta de la lengua.

A Kenya no le gusta hablar de su edad, así que su amiga Andrea le pregunta: “¿Y cuántos años tenías tú?”. Kenya se limita a sonreír. “En los medios de comunicación se habla de 78 y más”, insiste ella. Eso no es verdad: la Wikipedia dice que está por cumplir los 50. Aun así, Kenya se ríe y contesta: “Pero qué andas diciendo, si tú eres de mi camada”. “Ay, no”, contesta Andrea. “Ya te vamos a ir haciendo el registro para que inaugures el mausoleo”, bromea Kenya. “No te creas, a ver si voy a ser de las que lo cierran”, contesta divertida su amiga.

La actitud valiente y divertida con la que miran a la muerte estas mujeres solo se entiende dentro de un colectivo cuya esperanza de vida no supera los 40 años, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en un país donde la gente muere alrededor de los 75 años. Las mujeres trans sufren un nivel de violencia en México que no tiene comparación en otros lugares del mundo. Después de Brasil, México es el país que registra más asesinatos contra personas trans, 461 en los últimos cinco años, según la ONG LetraEse. Eso, unido a las adicciones y enfermedades que conlleva una vida trabajando en la calle, acorta gravemente la vida de muchas de estas personas.

El mausoleo que está construyendo Kenya pretende ser un sitio donde se las dignifique. “Ahora van a tener un lugar bonito, vistoso, impresionante, donde su presencia sea respetada después de todo lo que han pasado en vida”, dice mientras comprueba que el mausoleo tenga las tumbas necesarias. Todavía está desnudo de toda la parafernalia que le van a poner —vidrieras de colores, luces, una cafetera—, pero el objetivo es tener espacio para 126 personas entre ataúdes, urnas y huesos.

Es jueves por la tarde y las chicas platican junto a la tumba de Paola Buenrostro. El sepulturero, José Luis, saca con una esponja el agua podrida de las macetas y pone flores nuevas en la tumba. “Los primeros casos los velaba yo sola, solita”, cuenta. “Ahora convoco y viene gente que ni conozco y traen agua, café, pan, siento acompañamiento, pero al principio iba sola, sola, sola”, dice sin rastro de tristeza ni rabia en la voz. “Las velaba durante toda la noche, no tenía dinero ni para las veladoras, me dormía a su lado y por la mañana hablaba con los sepultureros y la verdad es que me hacían el paro [la ayudaban] y no me cobraban para hacer el hoyo. Y luego entre los tres, los dos sepultureros y yo, cargábamos el ataúd y la enterrábamos”, dice Kenya.

“Tener una sepultura digna debería ser un derecho humano”, dice Kenya con un cigarrillo entre los dedos. “No puede ser que se sigan violentando a las mujeres trans también después de muertas”. Como las familias de muchas de estas mujeres las han olvidado o nunca han aceptado su identidad, nadie reclama sus cuerpos y al cabo de un tiempo terminan en una fosa común. Todavía viene aquí de corrido, compra flores para que se vean bonitas las tumbas de sus amigas y ahora sí, le paga una buena propina al sepulturero. Luego se sienta frente a Paola y le cuenta cómo le va. “Yo cuando la enterré la prometí que yo no iba a parar de luchar por nosotras, pero la verdad que en ese momento hablaba el enojo, no sabía que iba a hacer tantas cosas. Ahora que lo tengo no paro de pensar, qué padre es seguir avanzando”.