Juan Rulfo

A un centenario del natalicio Juan Rulfo, el escritor, el fotógrafo, el hombre estudioso de la  riqueza cultural del México rural e indígena, sensible a los paisajes profundos de los colores de las montañas oaxaqueñas, aquellas que evocaba Carlos Pellicer cuando se refería a los azules que se caen de morados. Ese espíritu libre que hoy camina de Comala a Luvina y que oye a ladrar a los mismos perros en la complejidad del momento histórico de este país con las mismas injusticias y con los mismos personajes parecidos salir de su realismo mágico.

Leer, releer y reflexionar sobre “El llano en llamas” y  “Pedro Páramo”, no solo es rendir un homenaje y acercar su obra a las nuevas generaciones sino hacerlo cercano a nuestra realidad, una realidad que no ha cambiado mucho desde entonces para las comunidades rurales y en su mayoría indígenas de México. Quizás este centenario, sea un pretexto, para que los mexicanos y latinoamericanos, nos veamos reflejados en el espejo de nuestras comunidades, en la paradoja de la marginación y la riqueza que existe en las zonas rurales del país, para mirarnos y trabajar por abatir el rezago persistente  y celebrar la abundancia de nuestra cultura.

Juan Rulfo, maestro del lenguaje y de la literatura latinoamericana, nos enseñó que existen cosas únicas, que sólo se pueden nombrar, entender, desde nuestro lenguaje. La cultura es justamente por definición la base que nos permite tener códigos propios pero su riqueza radica en que se pueden compartir con sociedad que nos rodea. Jurgen Habermas diría que la misma sociedad es una acción comunicativa y Noam Chomsky diría que el lenguaje es descrifrar un programa determinado por nuestros genes. Sociedad y genética rural son elementos en la literatura y fotografía de Rulfo, un pensador contemplativo del México profundo.

En el fragmento de “Nos han dado la tierra” de El llano en llamas  vislumbraba un elogio de lo que podría ser este momento: “después de horas de caminar sin encontrar una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, de nada, se oye el ladrar de los perros. Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y arroyos secos. Pero si hay algo. Hay un pueblo.”

Y en este gran pueblo al que se refería el imaginario de Rulfo, como un estudioso social y como tal como previsor del futuro de país, hay cada vez más personas ávidas de cultura, jóvenes sedientos de humanidad, una sociedad sensible que al recurrir a las páginas de las obras que comprenden la narrativa mexicana, nos haga conscientes de  nuestra realidad y nos enorgullezca de vivir en un México rico en manifestaciones artísticas, tradiciones y costumbres, un México más humano y menos desigual. Por ello, convirtamos como lo hizo  Juan Rulfo, nuestra pluma, nuestras acciones y nuestros sueños en el reflejo del alma  mexicana.

 

* Politólogo del CIDE y Maestro en Administración y Políticas Públicas de la Universidad de Columbia en Nueva York.