Si yo viviera en Tamaulipas

Tamaulipas es un estado con múltiples riquezas, una parte del Golfo de México, petróleo y grandes reservas de gas shale, sin embargo, también es el paso obligado de gran parte del tráfico de bienes ilícitos entre nuestro país y los Estados Unidos de América

El lunes pasado se celebró la reunión del Gabinete de Seguridad Nacional en Reynosa, Tamaulipas.

Hace siete años las Fuerzas Armadas ocuparon Tamaulipas para devolverle la paz que empezó a ser tan vulnerada, en un juego más bien que parece un ejercicio teórico que una práctica sanguinaria, al intentar mantener relativamente tranquilas las calles de ese estado.

Tamaulipas es un estado con múltiples riquezas, una parte del Golfo de México, petróleo y grandes reservas de gas shale, sin embargo, también es el paso obligado de gran parte del tráfico de bienes ilícitos entre nuestro país y los Estados Unidos de América.

Dos de los exgobernadores de Tamaulipas -Tomás Yarrington y Eugenio Hernández- han sido investigados por lavado de dinero y por estar presuntamente vinculados con cárteles del narco. Y ahora Yarrington espera en Italia a ser extraditado a Estados Unidos y Hernández es buscado por la DEA.

La memoria ya no alcanza para saber en qué momento Tamaulipas se convirtió en la gran zona aduanera de los malos. Pero con la colaboración activa del gobierno de EE.UU. separados por el Río Grande (Bravo), el estado tamaulipeco se ha convertido en la quintaesencia del problema nacional.

Por un lado es uno de los principales destinos de la venta de armas ilegales que se producen desde Texas. Por otro, es la mayor expendedora de drogas que transitan por la frontera y consiguen atravesar la barrera infranqueable de la patrulla fronteriza y de lo que se considera la entidad moral de los agentes del orden estadounidense.

¿Y nosotros los mexicanos? A nosotros nos toca la sangre, la vergüenza y la corrupción.

¿Cómo es posible que seamos el país más mortífero del mundo después de Siria? Sólo que aquí no hay refugiados, porque los protagonistas de esta lucha son los traficantes de armas y de drogas, y en medio está el pueblo tamaulipeco siendo objeto de prueba y abuso.

El actual gobernador tamaulipeco se ha enfrentado al hecho de que no importa el tiempo que pase, no importa cuántos soldados más se desplacen, cuántos muertos haya o cuántos levantamientos, porque al final las distintas complejidades a todos los niveles siguen manteniendo el negocio viento en popa incluido el de la muerte.

No sé a ciencia cierta cuántas reuniones de seguridad se han llevado a cabo para solucionar los problemas de violencia y muerte en Tamaulipas, pero de lo que sí estoy seguro es que esas reuniones y la dinámica posterior son previsibles tanto para los ciudadanos de ese estado como para todos los delincuentes.

Y en ese sentido, la pregunta es clara: ¿cuándo y dónde se encontrará una solución que de verdad le devuelva la paz a las calles de Tamaulipas?

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