Mi madre quiso ser cabaretera

Alicia, mi madre, creció viendo en las películas de los años cincuenta a las rumberas que eran las heroínas del cine de la época. Amalia Aguilar, Ninón Sevilla, María Antonieta Pons, entre otras, eran mujeres que se convirtieron en grandes estrellas y la mayoría de las niñas soñaban con crecer para no solamente tener cuerpos que se parecieran a esos, sino también la gracia y cadencia para moverlos como ellas; con obtener así la admiración y el poder que eso implicaba. La favorita de mi madre: Yolanda Montes Tongolele, quien con un cóctel genético único y por demás exótico deslumbró a México y al mundo entero.

Por cabaret se pueden entender muchas cosas y las rumberas se consideran cabareteras pues su actividad era muy transgresora para la época. Eran libres de exponer su cuerpo, trabajaban de noche, se convertían en objeto de las miradas y todo eso además les daba acceso a otro tipo de vida. Representaban toda una afrenta política y social. El carácter de desobediencia y la ilusión de poder era el que resultaba fascinante para mujeres de todas las edades, pues además se magnificaba nada más y nada menos que en la pantalla grande.

Mi madre no pudo ser cabaretera al igual que muchísimas mujeres de su época no pudieron ser otra cosa que amas de casa. No fue solamente la falta de oportunidades: influyó también el hecho de que esa era una actividad mal vista a pesar de toda la admiración que existía alrededor de la misma.
Alicia se tuvo que “conformar” con un guardarropa que no le pedía nada al de las actrices de televisión de la época, con un cuarto de baño que emulaba un camerino –lleno de luces, maquillaje, pelucas, postizos y sombreros– y con cantar, bailar y dar su opinión en voz bien alta en cualquier oportunidad que se le presentara.

Recuerdo escuchar el anhelo incumplido de mi madre de su propia boca y pensar que tuvo que haberse tratado de una especie de locura colectiva. Claro, desde mi óptica de niña de los años ochenta, donde entonces las cabareteras eran a las que podemos ver ahora en plena decadencia en el documental Bellas de Noche de María José Cuevas (que ya pueden ver en Netflix), esa figura no iba con ningún ideal femenino al que yo pudiera aspirar.

Por eso cuando recientemente empecé a buscar una opción para tener más herramientas para hablar en público, ante cámara y para desarrollar mi discurso en general (y en particular el de #noseastanmamá) y mi primo me sugirió tomar un taller de teatro cabaret, debo aceptar que tomé la idea con bastantes reservas. Por suerte mi prejuicio no afectó la decisión y me inscribí. Confieso que han sido las 8 semanas más divertidas, desafiantes e inspiradoras de mi formación personal.

“El cabaret hoy es muy amplio, es crítica política y discursiva”, explica Cecilia Sotres, cabaretera, dramaturga, activista (quien impartió el taller que tomé) y una de las principales impulsoras del cabaret en México.

Hoy transgresor es que una mujer piense y se exprese libremente, ya no tanto que se encuere.
Después de un proceso de más de 15 años de trabajo de toda una comunidad para darle a este género un lugar, este es un momento de boom en el cabaret. “Hay más gente de teatro que lo respeta y bendita sea la diversidad”, agrega Cecilia, quien lleva 20 años dando clases de este género.

El cabaret es fundamentalmente una herramienta de expresión social, sin embargo descubrí que explorar este tipo de disciplinas también implica un intenso trabajo terapéutico. “El principio de esta práctica no es terapéutico, pero la verdad es que siempre resulta así para mí y para la gente que lo hace. Es trabajar con el dolor, con lo que no te gusta y con la indignación… pero parte de otro lugar del dolor para hacer y hacerte reír, para divertirte y burlarte de ti misma. Si no te burlas primero de ti, no puedes burlarte de nadie más”, explica Cecilia.

El cabaret está lleno de mujeres porque tenemos mucho que decir, muchos derechos que exigir. “El porcentaje de mujeres que cursan los talleres de cabaret es altísimo. La mayoría de los hombres que lo practican son homosexuales. Son poquísimos los hombres heterosexuales que hacen cabaret y esto es porque el cabaret se trata de cuestionar al sistema desde diversos puntos de vista, los micromachismos introyectados en los privilegios de poder, por ejemplo”.

Y a pesar de que el cabaret es un género principalmente femenino, hay pocas mujeres con hijos ahí. Resulta comprensible porque es un trabajo que se hace de noche, que exige mucho tiempo y que sigue teniendo un estigma de inmoralidad. Eso, para mí, lo hace un reto digno de enfrentar. No solo es un trabajo personal, ejercerlo puede llegar a representar todo un cambio social. Mi madre no pudo ser cabaretera, pero yo ya lo estoy intentando.

Cecilia Sotres es parte de las Reinas Chulas, quienes llevan casi 20 años de carrera en México. Puedes ver sus espectáculos en El Vicio, Madrid 13, Coyoacán y también extractos de sus shows y distintos videos de sus proyectos en YouTube.

*The HuffPost México.