Notas para una alternativa de futuro para Oaxaca

La interculturalidad persigue un espacio público digno de ser vivido y compartido.  Se parte de un concepto fundamental, el ser humano, para todos los efectos, es un habitante de cultura.
El espacio público intercultural es un lugar privilegiado para hablar de diálogo, de respeto, de diferencia y diversidad y, en definitiva, de dignidad como valores de humanización que necesitan ser dichos y redichos a sabiendas de su inagotabilidad, sin desconocer que puede variar el contexto de su referencia. Para entender la realidad de la interculturalidad en Oaxaca necesitamos hacer un diagnóstico y una descripción de su realidad.
Habría que partir que en Oaxaca el pluralismo es predominante, manifiesta una situación social en la que conviven diversos sistemas de valores, pertenecientes a cosmovisiones diferentes. El pluralismo responde a una diversidad de códigos, unos valores diferentes que los avalan y unas razones que los legitiman, en verdad a tales valores. Se habla de esta manera de la irreductibilidad de formas, de grupos y de tipos de comunidad que exterioriza el término de pluralidad.
Esta pluralidad como hecho societal se expresa como la combinación en un territorio dado (multiculturalismo), de una unidad social y de una pluralidad cultural mediante intercambios y comunicaciones entre actores que utilizan diferentes categorías de expresión, análisis e interpretación. La interculturalidad deberá ser entendida como la organización política de la convivencia entre diversas culturas, sin más, en un determinado territorio.
A diferencia del multiculturalismo,  la interculturalidad no habla de modelos, ni trata de superar nada. Se refiere, más bien, a la manera de llevar a cabo un proceso de intercambio que aparece  mediado  por unas determinadas actitudes, unas maneras de ser, unos valores que aspiran verse convalidados en una convivencia en paz—–mundo comunitario  —–todos con todos, a pesar de las interpretaciones.
¿Qué es la comunidad? Es una forma de socialización entre las personas y la naturaleza; es tanto una forma de producir riqueza como de conceptualizarla; una manera de representar los bienes materiales como de consumirlos; una tecnología productiva como una religiosidad; una forma de lo individual realizado en lo común; un modo de mercantilizar la producción; una ética y forma de politizar la vida; un modo de explicar la vida; una manera básica de humanización; una forma de reproducción social distinta y antitética de reproducción social del capitalismo. (García Linera, Álvaro. La Potencia Plebeya. Edit. Siglo XXI, México. 2015, pág. 265)
En sus relaciones con el exterior, es también, una realidad subordinada; se halla subsumida a la realidad mercantil durante siglos; se halla sistemáticamente deformada, retorcida y readecuada por los requerimientos acumulativos, primero del capital comercial y luego del industrial. (García Linera, Álvaro. Ob. Cit. Pág. 265)
Una etnicidad es una colectividad que construye un conjunto de atributos culturales compartidos, así como la creencia de una historia arraigada en una ascendencia común, además de un inconsciente colectivo.
La etnicidad como capital es una memoria colectiva que remita a una línea de ancestros, la imagen de una singular trayectoria diferenciada de los demás, una valoración del lenguaje como archivo vivo de una visión del mundo compartida con los portadores de este código comunicacional; esquemas de dramatización de la existencia del grupo, que visibilizan su vida pública, y una reivindicación de territorios considerados como ancestrales, en los que se supone están anclados los referentes simbólicos e identitarios  del grupo.
En cualquiera de los casos que se estudie, abierta o veladamente, la etnicidad indígena se presenta como objeto de sistemática exclusión y devaluación social.
La monoetnicidad o mononacionalidad del Estado, en una sociedad multiétnica o multinacional, es por tanto el primer disloque de una relación eficiente y democrática entre sociedad y Estado.
Los indígenas sumergidos en estructuras económicas, cognitivas y culturales no industriales, y además detentadoras de otras identidades culturales y lingüísticas—–es portadora de otros hábitos y técnicas políticas, resultantes de su  propia vida material y técnica. La superposición de la identidad colectiva por encima de la individualidad, la práctica deliberativa por encima de la electiva, la coerción normativa como modo de comportamiento gratificable por encima de la libre adscripción y cumplimiento, la despersonalización del poder su revocabilidad consensual y la rotatividad  de funciones, etc; son formas de comportamiento que hablan de culturas políticas diferenciadas de las liberales y representativas partidarias, profundamente ancladas en las propias condiciones de vida objetivas, en los propios sistemas técnicos de reproducción social de las personas. El cooperativismo, el asambleísmo consensual, la rotación de cargos, el hábito de tipo normativo tradicional, hablan de unos tipos de acción política, de organización política, de tecnologías políticas, enraizadas en la propia estructura y técnicas de sistemas  civilizatorias no modernas y, por tanto, vigentes en tanto estos sistemas económicos, culturales y simbólicos  de organización de la vida social se mantengan.

La interculturalidad incluye y abarca aspectos que ya tienen que ver con una situación plural y con un intercambio entre culturas (multiculturalismo).  La interculturalidad es una relación entre las culturas, es un espacio amparador —-de acogida y respeto—–, no superador de situaciones que se puedan reducir la una a la otra. El entre las culturas no elimina la cosmovisión de cada cultura, lo que cambia es el modo de la relación entre ellas.
El espacio público intercultural incluye proyectos de vida personal, intersubjetivo e institucional. No se olvide que la cultura es la casa que se construye el ser humano para desarrollarse y llegar a ser él mismo. Es en ese sentido, todo ser humano es un ser de cultura; un habitante de cultura. La interculturalidad es un nuevo mapa de las relaciones entre  culturas.
Uno no puede ser intercultural a base de considerar inferiores a personas que vienen o que viven otra cultura a pesar de que se relacione con ellas, o despreciar a quienes no comparten las mismas costumbres o modos de vida, o de faltar al respeto y considerarlos no dignos de iguales derechos que los que uno tiene, con tal de que conviva con ellas.
La Declaración universal de la UNESCO sobre la diversidad cultural, aprobada en el año 2001, establece que “el pluralismo cultural  constituye la respuesta política  al hecho de la diversidad cultural. Insuperable de un contexto democrático, el pluralismo cultural es propicio a los intercambios culturales  y al desarrollo de las capacidades creadoras que alimentan la vida pública”, asimismo en su artículo 7 establece que “toda creación tiene en sus orígenes en las tradiciones culturales,  pero se desarrolla plenamente en contacto con otras”, por eso el patrimonio cultural debe ser preservado a “fin de nutrir la creatividad en toda su diversidad e instaurar un verdadero diálogo entre culturas”.
Existe la posibilidad y capacidad del manejo de más de dos culturas de manera simultánea sin que una desplace  necesariamente a la otra o a las otras.
Es necesario observar que querer establecer un diálogo intercultural en condiciones comunitarias, en principio elimina apriori toda posibilidad de cualquier comunicación e intercambio intercultural, por beneficioso y sensato que sea. Su valor fundamental es la pureza cultural del grupo.  Propugna la existencia de culturas encerradas en sus respectivas defensas comunitarias. De aquí el fracaso de las políticas regionales de desarrollo.

 

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