Los vaivenes del sistema educativo mexicano (parte 1)

Una breve introducción

De entre los escombros de una Secretaría de Educación Pública en ruinas pedagógicas, presentan a un prototipo -porque en nuestro país nunca llegó a ser ni modelo ni mucho menos paradigma- desmembrado del constructivismo que se medio aplicaba en algunos subsistemas de educación media superior y en algunos programas de educación básica desde hace algunos sexenios antes pero oficializados en el 2002 y 2012 sin pena ni gloria. “Aprender a aprender” aparece al final de esta administración para ser aplicado al inicio de la siguiente, aunque forme parte de una reforma -según ellos revolución, pero para eso dista mucho- que comenzó al revés, pues lo educativo debiera ir por delante y después lo laboral, administrativo y político. Mientras esto último se intenta aplicar valiendo un comino la irretroactividad de las normas jurídicas, lo más importante, lo pedagógico se hace de manera posfechada, con el seguro destino de no ser puesta en vigor nunca. En fin así los procesos públicos en el Estado mexicano.
Hace algunos años ya, a principios del 2013 escribimos en este espacio una serie de artículos acerca de la reforma educativa y la realidad oaxaqueña en torno a este asunto. Augurábamos entonces, situaciones conflictivas, soluciones parciales, naufragios pedagógicos y, sobre todo, una crisis institucional aún más aguda, con una sociedad agazapada a los designios de las autoridades y los liderazgos en materia educativa en nuestra entidad. Joder a la gente mientras los actores políticos hacen de las suyas y se reparten culpas que paga la ciudadanía. En fin, algunas cuestiones se cumplieron, tristemente la parte que siempre se repite es la de quién paga los platos rotos: Oaxaca, el pueblo. En aquella ocasión, como siempre que se trata de leer, y leer bien, no “ler” así sin sentido, sino leer de a de veritas dijeran, y cultamente dicho, en el barrio, solo unos cuantos profes de la base, muy pocos, avizoraban o quizá aún no recibían línea, sobre las repercusiones de esta reforma insensata o muy pero muy “gandalla” si hablamos con el hígado; total y absolutamente inconstitucional, si lo hacemos desde la razón y desde la propia lógica jurídica.
Por su vigencia y su actualidad, a pesar del año de su primicia, a partir de la próxima entrega, volveremos a publicar, con ciertas anotaciones oportunas, los textos que en aquella ocasión compartiéramos en este diario. Por ahora, comenzaremos con una apretada síntesis de un breve ensayo presentado en algún foro académico y que nos servirá de introducción y guía, horizonte, expectativa y realidad de lo que ha sido, es y muy probablemente siga siendo nuestra política educativa. Veamos.
La educación en México no es un tema que podamos desarrollar desde una sola interpretación. Por el contrario, al tiempo que nos complica su análisis nos simplifica su comprensión. Para comenzar, lo educativo es un enorme subsistema dentro de sistema político mexicano cuyo paralelismo con el sistema económico es desde siempre una primera gran condicionante para el desarrollo de otros esquemas transversales como el aspecto cultural y el que estamos analizando, la educación.
Una construcción nunca acabada. Sin profundizar en las condiciones de la época prehispánica y su sistema educativo, y sin detenernos en las escuelas de la conquista, ni en los esquemas de la enseñanza que prevaleció durante el siglo XIX, avasalladoramente religiosa, por cierto; nos enfocaremos a realizar un breve análisis sobre las políticas públicas en materia educativa en el México contemporáneo y sus intentos sexenales por consolidar una política que vaya más allá de un simple Programa de Gobierno.
“México era, en 1917, un país rural con arraigadas y profundas desigualdades y devastado por la Revolución, con una mayoría analfabeta y una pequeña elite ilustrada. El Artículo 3º de la Constitución, promulgada ese año después de arduos debates, garantizó a todos los mexicanos el derecho a la educación, laica, gratuita, obligatoria en su tramo básico, democrática y basada en el progreso científico. La Secretaría de Educación Pública, fundada en 1921 “con concepción civilizadora y espíritu misionero” (Martínez Rizo, 2001), fue la construcción institucional, nacional y altamente centralizada que impulsó la extensión de la escuela a cada rincón del país. En la misión de constituir la nación moderna y unificada, los docentes aparecieron como pieza fundamental”. (Martínez Olivé, 2010)
Lo cierto es que la Independencia que declaraba a México como Nación Soberana era aún una declaración de papel, en los hechos seguíamos siendo dependientes de las potencias extranjeras de aquellos tiempos. Esas pésimas condiciones económicas y las deudas externas marcaron desde un inicio la dinámica de la vida nacional en todos los ámbitos sobre todo en las condiciones políticas, sociales y económicas; y estas a la vez serían factores que hasta la fecha, impedirían el desarrollo en otros campos como en la cultura en general y en la educación particularmente.
Planes y programas sexenales: entre revoluciones y reformas educativas. La cita arriba anotada describe con gran capacidad de síntesis lo que fue el inicio de lo que hoy conocemos como el sistema educativo mexicano. Quizá esa ha sido a lo largo de la historia su característica más significativa en términos del dicho popular: “el que mucho abarca, poco aprieta”. La connotación de Revolución y no de reforma fue, en su momento, una pretensión de transformar en el menor tiempo posible -y al mismo tiempo en todo el país- la educación formal. Sin la debida planeación, sin una política definida, con la ambición de incluir por igual a todos; quizá con una marcada demagogia más que por alguna convicción democrática, las políticas educativas así nacieron y así se han desarrollado, de la mano de la gran política mexicana con todos sus vicios y con muy pocas virtudes propias. Tomaría su tiempo en marcar los lineamientos de una política educativa. Y esa política quedó definida, al menos en todo el siglo XX en programas sexenales o bien en lo que podrían llamarse regímenes educativos que una vez concluida la etapa de gobierno en turno, se evaporaba toda posibilidad de continuidad y se avizoraban cambios inminentes que, una vez más, anunciaban mejores expectativas en todo lo que comprende este subsistema, incluido el sindicato más numeroso del continente.
Otro factor que ha influido de manera significativa en el lento crecimiento del nivel educativo y que no ha permitido la aplicación de las políticas ni siquiera en el sexenio mismo para el que están diseñadas, es la economía nacional. El sector o el rubro mayormente sacrificado por las recurrentes crisis económicas, incluidas las más fuertes devaluaciones de nuestra moneda y los saqueos de la corrupción ha sido la educación. Cada programa, política o Plan que se ha elaborado ha terminado aplicándose a medias precisamente porque no se cuenta con los recursos financieros para la concreción de los mismos.
Compartimos la tesis de Felipe Martínez Rizo (2001) en el sentido de que es importante y urgente romper la barrera que separa al cambio de la continuidad. Considero que las grandes revoluciones educativas ya no deben ser solo aspiraciones idealistas; la interdependencia y las condiciones que impone hoy la macroeconomía internacional a través de sus organismos de los que dependen los créditos financieros y las políticas de cooperación como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, por ejemplo, cierran toda posibilidad democrática de consensar el destino de la educación o de tomar decisiones con la participación de los actores implicados en la toma de decisiones de los gobiernos. Aunque desde luego también deben ser acordes a la realidad nuestra, con tantas carencias y con tantas condiciones muchas veces infrahumanas, con las que los docentes tienen que enfrentar diariamente. Es decir, aprender a entender que no se aprende con hambre
¿Esperanza o desencanto? Estamos ante un escenario en el que toda revolución es tal por la profundidad de sus afectaciones más que por el progreso de sus alcances. Son revoluciones graduales pero devastadoras, que se hacen en dosis llamadas reformas. En esa misma línea se dará lo que podemos ahora llamar la “continuidad del cambio”. Seguramente aun daremos algunos vaivenes más; pero algo está determinando el mundo de la educación formal, que apunta al fin de los esquemas tradicionales en las relaciones laborales, las condiciones económicas y la propia formación de los docentes. El nuevo paradigma aun es un enigma porque considero que no existe un modelo que podamos analizar o al menos conocer para saber cuál es la política o el programa o el plan en concreto. (Esto fue escrito meses antes de anunciarse el “nuevo modelo educativo” que como ya estamos viendo ni es nuevo, ni es modelo, ni es educativamente el más viable para nuestra realidad geográfica, política, económica, social y cultural).
Particularmente, en el ámbito práctico podemos aseverar que tantas indefiniciones afectan la aplicación de los contenidos específicos en los espacios escolares, principalmente en el aula. Se dice que no hay texto sin contexto, y esa es la consecuencia primaria de tantos vaivenes que no terminan por hacer del cambio una realidad ni podemos dar continuidad a las políticas educativas. Esto implica que los docentes y directivos escolares se vean en la necesidad de recurrir a la experiencia y deban, en muchos de los contenidos temáticos, improvisar en la transición entre uno y otro plan o avances programáticos, incluso llegado al punto de cambiar sobre la marcha. Tantos cambios lejos de ayudar a contar con un sistema educativo fuerte y consolidado lo que trae como consecuencia una debilidad institucional y una baja creciente de nivel en comparación con países de los llamados altamente competitivos.
Lo más importante es que las nuevas reformas vayan al fondo de las cuestiones pedagógicas antes que a realizar cambios burocráticos o administrativos. El problema de la educación no debe ser abordado con ocurrencias o políticas de emergencia, sino con soluciones a mediano y largo plazo que podamos los directamente involucrados en el proceso de la formación de los educandos, aplicar consistentemente un modelo que dé resultados a la vista, algo que no se podrá lograr con políticas sexenales y sin la continuidad que requiere la esperanza de un cambio sustantivo.
Desde el campo podemos observar mejor las consecuencias que en el papel no se contemplan, como todas las posibles situaciones que hagan de los planes un fracaso o un éxito. Quienes están al frente de manera directa, saben que la constancia es tan importante como la claridad de entendimiento, y si no hay constancia en un plan o programa educativo, por muy bien elaborado que esté, será imposible que llegue a los resultados propuestos. Continuamos la próxima semana, mientras tanto que haya paz. Comentarios a nigromancias@gmail.com twitter: @JTPETO