Matías Romero, arquitecto de la diplomacia mexicana

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Como parte de su programa de publicaciones, el Instituto Matías Romero de la Secretaría de Relaciones Exteriores acaba de poner en circulación la biografía del diplomático que le da nombre: Matías Romero. El libro fue escrito por Sergio Silva Castañeda y Graciela Márquez, investigadores del ITAM y de El Colegio de México, respectivamente. Tiene, entre otros, el mérito de ser también un libro de arte. Magníficas reproducciones de documentos históricos, fotografías de la época y recuadros que complementan la narrativa proporcionan el placer de tener entre las manos un libro del que deseamos voltear las páginas para recrearnos en sus ilustraciones. Un placer que desafortunadamente está quedando en el olvido, dada la inescapable costumbre de leer sobre la pantalla de la computadora.

La biografía de Matías Romero es más que el relato de sus andanzas diplomáticas. La obra permite adentrarnos en los pormenores de una generación de grandes hombres del siglo XIX, originarios de Oaxaca, entre los que destaca desde luego Benito Juárez. Fueron personajes cuya erudición, espíritu de trabajo y compromiso con las tareas a cumplir despierta enorme admiración. Matías Romero sólo tenía 23 años cuando ya desempeñaba serias responsabilidades en el servicio exterior mexicano. Apenas se acercaba a los 27 cuando su experiencia y conocimiento para moverse con acierto en el sistema político de Estados Unidos ya era considerable.

Su actividad diplomática en ese país –la cual constituye parte central, aunque no única, de sus actividades públicas– se divide en dos grandes épocas. La primera, de 1857 a 1865, tiene lugar en momentos dramáticos para la historia de los dos países. En México, la debilidad de las instituciones políticas, las luchas entre liberales y conservadores y los apremios económicos del país hacían necesaria la buena relación con Estados Unidos, a pesar de que apenas hacía 10 años le había arrebatado la mitad del territorio. Para el gobierno de Juárez preservar la independencia obligaba a buscar con urgencia el reconocimiento de su gobierno y el otorgamiento de créditos que permitiesen hacer frente a los problemas de la deuda; quizá, detener así la intervención de las potencias europeas.

Lograr esos objetivos fueron las tareas encomendadas al joven Romero, quien desembarcó en Estados Unidos en 1859; las debía llevar a cabo en medio de una complejísima situación donde las divisiones políticas acercaban a Estados Unidos a una guerra de secesión. La rapidez para entender la difícil maraña en que se movían los intereses políticos y económicos, y escoger los caminos para llegar a los líderes del Partido Republicano, en quienes Romero cifraba las mayores esperanzas, constituye uno de los momentos más fascinantes de la diplomacia de Matías Romero.

Inevitablemente, las diferencias entre el sur esclavista, encabezado entonces por el Partido Demócrata, y el norte industrializado, que venía de elegir como líder a Abraham Lincoln, se precipitaron. Comenzada ya la guerra de secesión, a finales de 1860, el campo de maniobra para que México recibiera ayuda para hacer frente a la intervención francesa se esfumó. Estados Unidos, sumido en sus propios problemas, se mantuvo ajeno a los males sufridos por el país al sur de su frontera. Para dar un ejemplo, sólo cuando las fuerzas invasoras se retiraron de México se dio en Estados Unidos la autorización para venderle armas.

Más de 15 años después, al iniciarse la segunda misión de Romero en Washington, en 1882, la situación era muy distinta. Terminada la guerra de secesión, Estados Unidos se había embarcado con sorprendente rapidez y vitalidad en el poblamiento de su extenso territorio y el desarrollo de las zonas industriales y agrícolas más importantes. Matías Romero, con la experiencia de haber sido mientras tanto secretario de Hacienda, tenía ideas muy claras respecto a la conveniencia de insertar a México en la pujante economía estadunidense. De allí que uno de sus proyectos prioritarios fuese la firma de un Tratado de Reciprocidad, de alguna manera precursor de lo que casi 100 años después sería el TLCAN. A pesar de los esfuerzos tenaces de Romero para lograr su ratificación, el proyecto quedó empantanado en la Cámara de Representantes.

Si ese desenlace puede verse como un fracaso, no lo fue así el prestigio que el diplomático mexicano adquirió como un importante cabildero que colocó a México en la mira de congresistas, académicos, hombres de negocios y periodistas que, gracias a él, voltearon con interés sus ojos hacia nuestro país. Acompañado por ellos, Romero buscó siempre el acceso al jefe del Ejecutivo para hacerle sentir la importancia de México para Estados Unidos. Su fama como el diplomático latinoamericano más respetado por los grupos de interés en Washington se hizo notoria, entre otros momentos, durante la celebración de la primera Conferencia Panamericana, celebrada en esa ciudad en 1889-1890. Matías Romero destacó como el diplomático latinoamericano de mayor experiencia, que tuvo peso sobre los principales puntos de la agenda de dicha reunión.

Durante todos esos años, Matías Romero tenía el grado de ministro plenipotenciario. La decisión de convertir la representación mexicana en una embajada no ocurrió sino hasta 1898. En las mismas fechas Estados Unidos decidió abrir su embajada en México. La presentación de las cartas credenciales de ambos embajadores ante los respectivos presidentes debía tener lugar el 3 de enero de 1899, pero el destino decidió de otra manera. Una rápida enfermedad provocó pocos días antes la muerte de Matías Romero. Así, el primer embajador de México en Estados Unidos no llegó a presentar sus cartas credenciales. Con una técnica efectista muy bien lograda, el libro comienza, justamente, con la llegada rumbo a México del cortejo fúnebre a la pequeña ciudad de El Paso, Texas. El recibimiento propio de un héroe que se le propició en esa ciudad fue un ejemplo elocuente del respeto que Matías Romero había conquistado a lo largo del territorio de Estados Unidos.

México atraviesa hoy en día una etapa muy crítica en la relación con Estados Unidos. Las lecciones del siglo XIX, tan bien recogidas en este libro, son de gran utilidad. Entonces, como ahora, la vulnerabilidad de nuestro país –aunque manifiesta de manera muy distinta– es grande. El profesionalismo diplomático es clave para sortear las coyunturas y encontrar, en el interior mismo de Estados Unidos, las voces que por sus propios intereses económicos y políticos están deseosas de preservar la buena relación con México. Encontrar tales voces es una de las grandes enseñanzas que deja la acción diplomática de Matías Romero.

Este análisis se publicó en la edición 2105 de la revista Proceso del 5 de marzo de 2017.

Proceso

1 Comentarios

  1. juan domigues marzo 12, 2017 at 14:37

    Para algunos un héroe, para otros un buen pignorante.

Los comentarios están cerrados.