Muere a los 105 años la periodista que dio la primicia de la II Guerra Mundial

Clare Hollingworth se encontraba en Polonia de corresponsal cuando las tropas alemanas comenzaron la invasión

«Mil tanques se concentran en la frontera polaca. Diez divisiones están listas para una ofensiva rápida». Esa información, considerada «la exclusiva del siglo XX», abrió la portada de «The Daily Telegraph» en 29 de agosto de 1939. Pero de acuerdo a la costumbre de la época, el diario londinense no la firmó con el nombre del autor. En este caso era una mujer, Clare Hollingworth, de 27 años, que llevaba solo una semana trabajando como periodista a tiempo completo cuando dio la campanada. Tres días después, contó la entrada de los tanques nazis en Polonia. La periodista inglesa, que admite el sobado adjetivo de «legendaria», ha muerto en Hong Kong a los 105 años, ciega, pero todavía con ganas de guerra. Siempre tuvo sus zapatos a pie de cama, «por si suena el teléfono».

Hollingworth, nacida en Leicester (centro de Inglaterra), en una familia de clase media, no se perdió conflicto en su siglo: la Segunda Guerra Mundial, Argelia, Palestina y Vietnam. En 1973 llegó como corresponsal a Pekín, su último destino. Se retiró en 1981 y el resto de su vida discurrió en Hong Kong. A los 79 años todavía se pasó cinco noches durmiendo en el suelo de su apartamento, para irse amoldando en la esperanza de que la llamarían para cubrir la Guerra de Irak. Pero su tiempo ya había pasado.

Asqueada ante la perspectiva de una vida de ama de casa rural, estudió cultura eslava a las universidades de Londres y Belgrado y se empleó como secretaria en la Sociedad de Naciones, precursora de la ONU, donde se casó con un diplomático. En 1936 fue destinada a Varsovia y se le reconoce que salvó a miles de personas que huían de los nazis en Checoslovaquia, facilitándoles visados para el Reino Unido.

La exclusiva
A finales de agosto de 1939, tomó prestado el coche de un cónsul británico y recorrió la frontera polaca con la Union Jack ondeando, en teoría comprando viandas. De regreso, observó una extraña y enorme pantalla de arpillera. Al levantarse el viento, quedaron al descubierto los tanques y tropas alemanas. Ya tenía su exclusiva. Tres días después vio entrar a los tanques y telefoneó a la embajada británica en Varsovia. Habló con el secretario, pero no la creyó, le dijo que británicos y alemanes estaban negociando y era imposible. «Cogí el teléfono y lo colgué por la ventana, para que pudiese escuchar la invasión».

Pequeña y corta de vista, Clare era una mujer de hierro. Aprendió a volar, saltaba en paracaídas y en los frentes hasta adoptó la chisposa costumbre de desayunar con cerveza. Su estilo era objetivo, claro, sin barroquismos. Montgomery, que prohibió las mujeres corresponsales, la echó en Libia y acabó cubriendo el resto de la guerra con las tropas estadounidenses. En 1946 estuvo a punto de morir en el atentado sionista contra el hotel Rey David de Jerusalén, que costó la vida a 91 soldados ingleses. Siempre se negó a chocar «la mano manchada de sangre» del jefe terrorista, el futuro primer ministro israelí y Nobel de la Paz Begin.

En 1963, en Beirut, dio la segunda gran exclusiva de su vida: descubrió que Kim Philby, el célebre topo del servicio secreto inglés, había huido a la URSS en un carguero de Odessa. El cobardón director de su periódico de entonces, «The Guardian», guardó la exclusiva tres meses en un cajón y al final la dio perdida en páginas interiores. Un diario rival lo retomó abriendo en portada y el Gobierno hubo de reconocer la deserción.

Casada dos veces, la sobrevive una hijastra. El pasado octubre celebró sus 105 años. Cayó un último sorbito de champán.

ABC