Treinta años de litigante

En el mes de noviembre de 1987 se materializó la idea que habíamos tenido tres compañeros de la carrera de Derecho, dos éramos estudiantes de la Universidad Regional del Sureste, Jaime Allier Campuzano y su servidor, y un recién egresado en Monterrey, Mario Alberto Guzmán Castrezana, iniciando un camino totalmente desconocido que era el de litigar. En lo personal compartí y me entusiasmó la idea, puesto que en el equipo estaba Allier quien siempre ha sido una persona que lo caracteriza su inteligencia y Mario que además ya contaba con título profesional.

Habilitamos la entrada o zaguán de la casa de mis padres en la calle de Armenta y López como oficina, un lugar muy pequeño que amueblamos con las aportaciones que cada uno llevaba de  nuestras casas, oficina que ocupábamos en los horarios que no teníamos clases y en la tarde lo utilizaban otros compañeros estudiantes de semestres adelantados del que cursaba, también para hacer sus “pininos” en la práctica de la abogacía. Local que lo ocupé más de cinco años y posteriormente me instalé en las oficinas donde está ubicado actualmente mi Bufete.

Transcurrido un tiempo, si la memoria no me falla casi dos años, y después de iniciar el litigio con algunos asuntos, principalmente los encomendados por familiares y conocidos, Mario se incorporó a la función pública y posteriormente Allier ingresó al Poder Judicial de la Federación, (ambos siguen desempeñándose en dichas actividades al día de hoy). 

En aquel entonces la sede del Tribunal Superior de Justicia se encontraba en la esquina de la Avenida Independencia con Avenida Juárez; los juzgados civiles y familiares se localizaban en  la segunda planta del edificio que todavía ocupa el Monte de Piedad en la esquina que forman las calles de Morelos y Macedonio Alcalá, existía otro juzgado civil en los altos del entonces cine Oaxaca también en la calle de Morelos; los juzgados penales se ubicaban a un costado de la penitenciaría central en Ixcotel, donde actualmente funcionan todavía. Los juzgados de Distrito uno estaba en el llamado Palacio Federal en la calle de Independencia y el otro en la calle de Reforma. Además existían los juzgados municipales (donde tuve mi primer experiencia como defensor) que conocían en cuanto de sus competencias definidas legalmente de asuntos en materia penal y civil, estos se ubicaban en un inmueble frente a la iglesia del Carmen Bajo, en la esquina de Morelos y Porfirio Díaz.

Puede surgir la interrogante ¿y cómo se animó a litigar sin tener experiencia? Efectivamente, al no haber estado como pasante o auxiliar con algún abogado ya establecido formalmente en esos tiempos, siempre existían dudas desde lo mínimo en materia procesal, como por ejemplo ¿cómo redactar una demanda, una contestación, un amparo o un escrito? o ¿cómo se lleva un proceso?, hasta las dudas más importantes que son las del derecho objetivo. Situación que me obligaba a estudiar, incluso materias no cursadas, estudio que se hacía de manera tradicional como conseguir o comprar los libros que tuviesen contenidos los temas del asunto, pues no se contaba con los avances tecnológicos que los abogados tenemos actualmente como herramientas. Sin embargo ante la infinidad de dudas tuve un asesor al que siempre recurrí, siendo el ya fallecido y excelente abogado Ismael Carmona Castillo quien tenía su despacho en los altos de la panadería Bamby en García Vigil y Morelos, consultas que hicieron que naciera una amistad a pesar de la diferencia en edad y de ideologías políticas. Abogado que siempre me daba su punto de vista aclarando mis dudas o surgiendo otras. Con el tiempo llegamos a colitigar algunos juicios que le encomendaban sus clientes, recuerdo que hubo domingos que nos reuníamos a platicar sobre derecho o de cualquier tema, algunas veces en los portales del zócalo de la ciudad, en mi oficina o en la de él. Dentro de una de las satisfacciones que tengo es el hecho que años después, ya siendo titulado, me encomendó que fuese su abogado y me dijo: “Contésteme (siempre me habló de usted) esta demanda ya que no quiero meter sentimientos, haga lo que tenga que hacer”.  Esa amistad perduró hasta el día que falleció, sin embargo siempre lo tengo presente por haber sido para mí un guía en el ejercicio profesional.

En el año 1989, estando en la Procuraduría General de Justicia del Estado, que se ubicaba en la plaza de la danza (hoy Palacio Municipal), el Lic. Wilfrido Almaraz Santibáñez que era Director de Averiguaciones Previas me dijo: ¿Qué haces litigando, porqué mejor no te vienes a trabajar aquí como ministerio público? lo que le agradecí y no acepté, a pesar de que era una excelente propuesta  a mis 23 años de edad, pero tenía ya compromisos con mis clientes y estaba seguro que litigar era lo que realmente quería hacer en el ejercicio de mi profesión, forma de pensar que mantengo, ya que he tenido ofrecimientos para ingresar a la administración pública tanto estatal como federal en el área de procuración de justicia y sistema penitenciario, pero dichas invitaciones las he rechazado, pues considero que la importancia que tiene la operatividad de un despacho no debe estar condicionada a cuando se tenga un puesto o no, no siendo correcto servir a dos amos, pues obvio con uno se queda mal,  puesto que la vocación de litigante no debe ejercerse cuando no se tenga trabajo o mientras se encuentra algo, pues eso representa falta de respeto, atención y compromiso con el cliente.

En las oficinas de su servidor han colaborado infinidad de estudiantes de diferentes universidades tanto públicas como privadas, y la forma de enseñarles es que practiquen la litigación, no llevando promociones o yendo a notificarse, les encomiendo un asunto y espero propuestas y en conjunto las aplicamos, los de recién ingreso los denomino “las fuerzas básicas” y con el desempeño llegan a ser coordinadores de sección, creo que es la mejor forma de aprendizaje, porque yo así sigo aprendiendo. Por la experiencia que he tenido con cada uno de ellos, puedo afirmar que la universidad no hace al profesionista ya que jóvenes de una universidad pública con verdadera vocación, ganas y hambre de aprender pueden superar a los de una universidad privada y viceversa. Incluso los jóvenes que pagan sus estudios por no tener recursos económicos, y que alternan su preparación con el trabajo para subsistir y pagar donde vivir en la ciudad, son los más esmerados y entregados al trabajo profesional, y el tiempo recompensa sus sacrificios y dedicación, pues a la larga resultan excelentes abogados.

Durante el tiempo que me he entregado a esta profesión he conocido a magistrados desde que eran oficiales administrativos o ejecutores y jueces. Algunos órganos jurisdiccionales que por compromisos desempeñan tales puestos, habiendo dentro del mismo Tribunal personas con más capacidad, conocimiento y experiencia y que por carecer del “contacto” realmente no se les aplica el llamado servicio civil de carrera y no aspiran a más, que a una secretaría judicial o ser encargados temporalmente de un juzgado. He visto que a nivel magistratura impera el amarre político y algunos magistrados no deberían estar formando parte del pleno, puesto que los posicionan en ese lugar por recomendación o para asegurarles un modo de vida con ingreso seguro. Conozco jueces y secretarios judiciales corruptos y conozco a verdaderos juzgadores, que en verdad los hay. He visto las carencias de los órganos jurisdiccionales que a veces no tienen material ni para sus funciones mínimas a pesar de los discursos. Conozco la burocracia que impera en la administración de justicia. Conozco porque lo he vivido, nadie me lo ha contado, que la corrupción sigue imperando a pesar de los nuevos paradigmas de justicia. Conozco jueces de control que en cursos que imparten se ofertan al cobro de cuarenta por ciento de honorarios que vaya a cobrar el abogado por su desconocimiento en el sistema acusatorio para asesorarlos planteándoles una estrategia. Conozco jueces de control que antes de las audiencias se entrevistan con los defensores y conozco, que a pesar de lo que se diga, no hay independencia del Poder Judicial del Poder Ejecutivo pues existen las llamadas líneas que envían para impartir justicia y peor aún hay jueces que parecen depender de la Fiscalía y no del Tribunal. Conozco jueces que por conducto de terceros o sus secretarios mandan a buscar a las personas a quienes les  libraron una orden de aprehensión.

Pero también conozco a personas que imparten justicia de mucha valía, que realmente tienen vocación y ética judicial, procurando su preparación día a día, desde magistrados hasta oficiales administrativos y que son los que hacen la diferencia.

En la Procuraduría General de Justicia hoy Fiscalía General del Estado, he visto que impera la indiferencia a la víctima, por no hablar de la corrupción que permea en ella, que no se han capacitado para procurar justicia con las exigencias que requieren los tiempos modernos, que siguen atrapados en un sistema inquisitivo de mañas, que se preocupan en armar un asunto a costa de lo que sea, aunque posteriormente se les caiga, pero ese actuar afecta una libertad por mucho tiempo. He visto que la policía aún no está capacitada para afrontar sus responsabilidades, que no se justifican los millones que se dice se han aplicado en capacitación.

La práctica me asegura que todos los asuntos tienen su importancia, así como se debe analizar una defensa en un delito de delincuencia organizada o grave se debe hacer en un culposo aunque sea de daños. Durante estos 30 años, he tenido infinidad de experiencias buenas y malas, que han forjado mi criterio y forma de actuar, algunas veces criticado, pero siempre con una finalidad que es la defensa de los intereses del cliente. Con ese conocimiento de causa por desgracia he aprendido que muchas veces los resultados  favorables se conseguirán hasta los juicios de amparo ya sea directo o indirecto, por eso litigo sembrando, utilizando una estrategia preventiva para fortalecer un resultado posterior.

Escogeré 30 anécdotas o memorias, de manera simbólica (una por cada año), que si Dios me da vida las publicaré como opinión durante este 2017, compartiéndolas como experiencia de vida profesional.

Quedo de ustedes.

Mtro. en  D. C. Gerardo Francisco López Thomas.

Bufete Jurídico López Thomas

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